Inhibir no es solucionar.

2015-06-12 10.50.12

 

Hoy, mientras analizaba mi vida con una amiga sobre como me he programado para mantenerme inconsciente emocionalmente, ella me hizo ver muchas cosas que tal vez yo, por mi mismo, no hubiese concluido.

Yo siempre soy esa persona que intenta mantenerse positiva, ver lo maravillosa que es la vida y recibir las personas que cruzan en mi vida con una sonrisa y un abrazo. Lo intento tanto que inclusive puedo decir que ya me sale natural. Sin embargo; últimamente he tenido un par de tropiezos en algunos aspectos de la vida, y para mi ser fuerte siempre ha sido minimizar la importancia de todo aquello que duela, que se sienta feo, inhibirlo hasta que eventualmente sea irrelevante.

“Ya pasará” me digo siempre a mi mismo.

El problema de inhibir el dolor, de inhibir la tristeza, de inhibir el vacío y buscar experiencias y sensaciones que nos alejen rápido de todo esto, es que nunca encontramos un alivio verdadero. Yo comentaba con mi amiga como todos esos tropiezos que he tenido en estos últimos días “no son importantes” y “mucha gente lo tiene mucho peor, realmente mi vida es maravillosa”. Fue ahí donde ella me hizo entrar en razón.

Minimizar todo aquello que me duela, hacerlo parecer insignificante a la par de otras situaciones peores que muchas personas tienen que pasar, no quita el hecho que sean situaciones hirientes para mi. Realmente no importa la escala, si nos duele haber perdido algo, haber caído, haber tropezado, por más pequeño que sea nunca es irrelevante. Por ejemplo, si me frustra haber recuperado un par de kilos después de haberme esforzado por perder peso, no significa que deba pasarlo por alto porque lo tienen peor las madres que pierden un hijo. Si, claro que en perspectiva es un caso mucho peor, pero eso no conlleva que uno deba restarle relevancia a lo que sea que se sienta en el corazón.

Creo que estuve equivocado. Considero que sí, tal vez algunas veces sí haya que tomarse un tiempo para sentirse mal, con una taza de té debajo de una cobija para reconfortarse; y porqué no, inclusive secarse algunas lágrimas. Al fin y al cabo las lágrimas, así como las sonrisas, nos recuerdan que estamos vivos.

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